Buscar este blog
domingo, 31 de marzo de 2019
VOLVEMOS A EMPEZAR
domingo, 18 de junio de 2017
PALABRAS AL VIENTO
Ahí están los dos, tal como dijo don Ismael: Ramón y su mujer. Ramón está muy calvo, tiene una nariz garbancera que no parece la suya; ha engordado mucho, tiene papada y bolsas en los ojos. Eso sí, la mirada sigue siendo azul como el cielo.
Rosario tiene toda su atención puesta en lo que ve y apenas escucha lo que hablan. Solo le llegan algunas palabras sueltas, dichas por su hermana y por Ramón: «Aquí no se te ha perdido nada». «Reconciliación, Pilar».
Lo que sí oye con claridad en ese momento son otras palabras, más viejas: «No puedo quedarme, amor mío. Si no me voy antes de que esto acabe, me matarán. Me voy a Francia. Espérame, no puedo vivir sin ti, vida mía. Volveré y te llevaré conmigo».
Bah, palabras al viento. Si me hubiera querido de verdad, no habría tardado cuarenta años en volver. Y casado con una francesa.
Un coche empapelado con la cara de Adolfo Suárez atraviesa la calle, con el altavoz del techo cantando a todo volumen: «Vota libertad».
Ramón viste como los ricos: americana azul marino y camisa blanca. La raya del pantalón está impecable.
Ella es francesa. Pero francesa, francesa, Jesús bendito. Qué pelo más rubio, y qué bien peinado. Y ese pantalón, tan azul y tan brillante. El blusón, cuajado de flores y de colores. Los tacones, de medio metro por lo menos. Jesús bendito.
La francesa gira la cara hacia la ventana y Rosario suelta los visillos de golpe.
Será zorra. Esa me ha olido.
viernes, 6 de enero de 2017
AQUELLA NAVIDAD
Araceli entró en la cocina restregándose los ojos, todavía prendida del sueño.. Su madre desgranaba unos guisantes, y en la radio, lejana y monótona, unas voces infantiles deshilaban una letanía de números y pesetas.
—Hola, vida mía —le dijo su madre—. Has dormido hasta las tantas.
—¿Qué cantan en la radio? —preguntó.
—Es el sorteo de la lotería de Navidad. Tu padre y Daniel compraron participaciones en sus trabajos. Si nos tocara, aunque fuera un poquito… —dejó los guisantes y fue a prepararle el desayuno.
Hacía días que la tristeza se le había instalado dentro, como un frío que no terminaba de irse. Sobre todo cuando alguien nombraba la Navidad. Entonces hablaba más de la cuenta, como si al decirlo en voz alta pudiera aliviarse: que era el primer año lejos de los suyos, que echaba de menos a sus padres, a sus hermanos, a las tías; que no tenía ánimo para celebrar nada y que, si ponía adornos, era solo por la niña. Y al decirlo, los ojos se le llenaban de un brillo húmedo que Araceli fingía no ver.
A ella, en cambio, la Navidad le gustaba.
Le gustaba porque traía vacaciones y silencio: durante unos días no habría colegio, ni la monja de gesto agrio, ni su madre arrodillada fregando los suelos ajenos. Le gustaba porque el tiempo parecía ensancharse y cabían en él los juegos en la escalera, los cuentos gastados que Rosa traía de la casa donde servía, los paseos sin prisa acompañando a su madre. Le gustaba, también, porque todo cambiaba: el aire, las calles, las caras. Como si el mundo entero se hubiera puesto de acuerdo para ser, al mismo tiempo, más alegre y más triste.
En la calle, las explanadas se llenaron de pavos que no paraban de graznar, mientras su dueño les atizaba con una vara y voceaba los precios. El mercado rebosaba de mercancías y de ajetreo, y en los alrededores aparecían puestos de zambombas y panderetas. Desde la ventana de su cuarto, Araceli veía cómo el podio del guardia urbano, en el cruce de la carretera, se transformaba en un pequeño altar de turrones y botellas de champán.
También en casa llegaba la Navidad envuelta en paquetes.
A su padre y a sus hermanos les daban, en el trabajo, cajas llenas de comida: polvorones, turrones, vino, champán. La de Antoñito, aprendiz en una ferretería, traía incluso una caja de alcayatas, como si también la dureza pudiera regalarse.
La llegada a casa con el paquete se convertía en un acontecimiento. Por la noche le pedían a Araceli que lo abriera y, mientras ella y Rosa iban sacando lo que traía, entre exclamaciones y la alegría de los cuatro hermanos, su madre se secaba las lágrimas con el borde del mandil. Su padre observaba en silencio, con el cigarrillo consumiéndose entre los dedos, como si todo aquello ocurriera en un lugar al que él no terminaba de pertenecer.
A Rosa le dieron dos tabletas de turrón y cien pesetas. Su madre guardó el dinero con cuidado: serviría para el ajuar, para ese futuro que se iba construyendo poco a poco, casi sin que nadie lo notara.
A Araceli le gustaba todo: las luces de colores temblando en las calles del centro, los escaparates brillantes, las bolas que devolvían destellos diminutos. Todo, menos la tristeza de su madre, que parecía no apagarse nunca del todo.
La mañana de Nochebuena, al volver del mercado, encontraron un revuelo en la portería. La Lucre, la vecina del tercero, se había puesto de parto y no había llegado a la clínica: el niño había nacido allí mismo, entre prisas y voces. A mediodía subieron a verlo. Lo habían llamado Jesús. La abuela dijo que el nombre se lo había ganado por sus fueros.
Por la noche, su madre preparó una cena especial de Nochebuena. Mientras trajinaba en la cocina, llegaron Juan, Paco y Vicente, tres muchachos del pueblo que vivían en una pensión y venían a recoger la ropa que su madre les lavaba. Los invitó a cenar, pero la dueña de la pensión ya tenía la mesa puesta. Vendrían después, dijeron, a los turrones.
Antes de irse, le dieron a Araceli dos pesetas cada uno.
—Los Reyes Magos se han adelantado —le dijo su madre, sonriendo a duras penas.
Aquellas monedas eran como un tesoro. Araceli quiso dárselas, ayudar con las propinas del día —al barrendero, al sereno, al basurero, que habían pasado con sus tarjetas—, pero su madre se las devolvió con un beso.
—Guárdatelas.
Después de cenar, la casa empezó a llenarse. Llegaron los tres jóvenes, tal como habían prometido; bajó también el padre del niño recién nacido con sus hijos —Juani, amiguita de Araceli, y Apolonio—, y se sumaron dos hermanas extremeñas, siempre juntas, siempre discretas. La mesa se cubrió de dulces: turrones, polvorones, rosquillas de anís, barquillos. Daniel descorchó el champán.
Todos cantaron villancicos y tocaron panderetas y zambombas. Su madre, por fin, estaba alegre y reía. Su padre, sentado a un lado de la mesa, dejó escapar una carcajada cuando Daniel se cayó de espaldas y vertió su copa de champán sobre una de las hermanas extremeñas.
Y entonces, por fin, la tristeza se apartó un poco. y Araceli era la más feliz de todos.
Muchos años después, en otra Nochebuena, su yerno preguntó qué sentido tenía la Navidad en el siglo XXI. Araceli no supo responder. Pero, como tantas veces, volvió a aquella noche: a la cocina, a las luces, al bullicio, a la risa inesperada de su padre.
Y pensó que quizá la Navidad fuera eso: un lugar al que regresar, un refugio secreto donde la memoria guarda, intacta, la inocencia.
miércoles, 2 de noviembre de 2016
UNA OUIJA LA NOCHE DE DIFUNTOS
Los hechos que a continuación se relatan ocurrieron entre 1975 y 1976.
Juan y Santiago se conocieron en la Academia Militar de Villaverde Alto, en Madrid. Habían llegado desde sus respectivos campamentos para acabar de cumplir el servicio militar. Juan era sevillano, pero vivía en Barcelona desde niño. Era un chico alto y fuerte, de carácter alegre y extrovertido. Inquieto por naturaleza, sentía curiosidad por todo lo que le rodeaba. Tenía, además, un fuerte impulso protector, que lo llevó a adoptar a Santiago en cuanto lo vio por primera vez en el patio de la Academia, cargando con su macuto —casi más grande que él— y con aquella expresión de desamparo en sus ojos.
Santiago era tímido, de pocas palabras. Apenas sonreía, y cuando lo hacía, era bajo una mirada triste y melancólica. Había nacido en Galicia, aunque vivía en Burgos desde pequeño. Allí trabajaba de dependiente en una ferretería. Los dos se hicieron inseparables. Los destinaron al mismo dormitorio y también compartían sitio en la mesa. Los fines de semana en los que tenían rebaje y no podían viajar a sus casas los pasaban recorriendo las calles, discotecas y bares de Madrid. Santiago siempre iba a la zaga de Juan, por el que ya sentía una abierta admiración y en quien había encontrado al mejor de los amigos.
—Contigo entro hasta en la misma boca del diablo —le había dicho una vez, cuando Juan, siempre audaz y dispuesto a vivir experiencias, le propuso entrar en un garito de juego de mala muerte que inspiraba muy poca confianza.
La noche de Difuntos, Franco agonizaba y los soldados estuvieron acuartelados. Cuando se retiraban a su pabellón a dormir, todos iban charlando, resignados. Un grupo bromeaba con fábulas sobre muertos y apariciones, y alguien habló de la ouija: una tabla —dijo— en la que estaba escrito el alfabeto y la numeración del cero al nueve, y a través de la cual uno podía comunicarse con los espíritus de los muertos. Solo era necesario un vaso y dos o más personas para invocarlos.
Juan no había oído hablar de aquello hasta entonces y, aunque el ocultismo no le había interesado nunca especialmente, ahora sentía una atracción inaudita por aquel misterioso instrumento esotérico. Ante su curiosidad y su insistencia en probarlo, otro le dijo que aquel juego podía ser peligroso y que con él no contara. Además, ¿de dónde iban a sacar una tabla de ouija allí, a esas horas y acuartelados como estaban?
Un soldado dijo que bastaría con escribir letras y números en un folio y recortarlos uno a uno para tener algo parecido a la tabla. En menos de lo que tardó en oírlo, Juan ya tenía los recortes de papel ordenados en círculo sobre el suelo. Puso un vaso boca abajo en el centro y se arrodilló junto al improvisado mecanismo. Se sentía fascinado por aquel desafío misterioso y estaba deseando probarlo.
Los demás soldados, que, agrupados en torno a él, habían estado mirándolo embelesados mientras lo preparaba todo, dieron un paso atrás, muertos de miedo, cuando les pidió que se le unieran en la invocación a las ánimas. Corrían muchas supersticiones sobre las ouijas y ninguno estaba dispuesto a comprobar cuánto tenían de verdad.
—¿Tú, Santiago? —lo animó Juan, señalando el suelo con la barbilla.
Santiago, que se había mantenido en segunda fila, dudó unos segundos. Lo miró a los ojos y vio su mirada clara y limpia de siempre. Se acercó y se arrodilló frente a él. Con el índice puesto sobre el vaso cada uno y rodeados de un silencio sepulcral, Juan dijo unas palabras de invocación a los espíritus.
Al momento, el vaso comenzó a moverse.
Todos contenían la respiración viendo cómo el vaso se desplazaba por las letras: «s», «o», «y», «n», «i», «c», «o», «m», «e»… Cuando iba hacia la letra «d», Santiago, como si una descarga eléctrica le sacudiera, retiró el dedo del vaso y se levantó con la cara desencajada.
—No quiero seguir —dijo, y se fue.
Al día siguiente, solos en una mesa de la cantina, Juan le preguntó por qué tuvo aquella reacción tan extraña.
—Cuando mi madre era joven —le contó Santiago—, el dueño de una fábrica del pueblo, un viudo con un hijo adolescente, la pretendió. Mi madre le dio calabazas porque ella y mi padre, que trabajaba en esa fábrica, ya estaban enamorados. Poco después se casaron y nací yo. Un día, mi padre maniobraba un camión marcha atrás a la salida del almacén. Quien le indicaba los movimientos lo hizo tan mal que mi padre atropelló al hijo del dueño, que murió allí mismo. Aquel hombre denunció a mi padre por homicidio voluntario; incluso fue a una meiga para que nos echara mal de ojo. Mi padre acabó en el penal de Burgos. Mi madre tuvo que malvender la casa para irnos a vivir allí. Yo tenía cinco años. Mi padre enfermó de tuberculosis y murió en la cárcel. Aquel chico al que mi padre atropelló se llamaba Nicomedes.
Una semana después de que los licenciaran, Juan ya se había incorporado a su trabajo de peón soldador. Un mediodía, cuando salía del taller, pensó en Santiago y lo llamó desde la cabina de teléfono que había en la calle. Le contestó una voz de mujer. Cuando preguntó por él, hubo un silencio.
—Soy su madre —contestó al fin la mujer—. A Santiago lo enterramos ayer. Lo atropelló un camión y murió en el acto.
A Juan se le paró la sangre. Salió de la cabina aterrado. Echó a andar sin voluntad, sin rumbo, sin fuerza en los músculos. En sus retinas tenía fijado el rostro triste de Santiago. Las palabras que acababa de oír al teléfono resonaban como un eco en su cabeza.
Por eso no vio el semáforo en rojo mientras cruzaba la calle, ni oyó retronar el claxon del camión que, a la velocidad del diablo, lo arrolló por la izquierda.
sábado, 9 de noviembre de 2013
El paisaje incierto de la vida
La mañana era radiante. Una de esas de domingo a finales de abril que parecen hechas a propósito para que los adolescentes como ellos salgan a la calle a celebrar la vida. Habían quedado todos en un punto del centro de la ciudad, como siempre, y hacía rato que paseaban, parloteaban y reían por cualquier tontería, sin parar. Como siempre.
Sentada allí, a solas, reparó en lo bonita que era la plaza y en el encanto que le daba aquella fuente. El colorido de las flores que la circundaban alegraba la vista, y el chorro de agua que caía sobre el pequeño estanque era un rumor relajante, sereno, que invitaba a quedarse. En la plaza se veían niños que jugaban y correteaban sin parar, llenándola de vida, y hombres y mujeres de todas las edades sentados tranquilamente en los bancos, charlando entre ellos, tomando el sol o leyendo un periódico.
La estampa componía un conjunto de armonía alegre, apacible y perfecta.
Contemplándolo, se preguntó qué sería de todo aquello dentro de unos años. Apenas lo pensó y, en ese instante, una sombra oscureció su frente.
«¿Y de mí? ¿Qué será de mí dentro de unos años? ¿Cómo será mi vida? ¿Cómo seré yo?»
Sintió un ligero estremecimiento, una sensación muy parecida al vértigo. Aquella incertidumbre, nueva y desconocida, le provocó intranquilidad y desasosiego.
Sin embargo, la turbación le duró apenas unos segundos.
El alboroto del grupo, que ya regresaba, y la voz alegre y risueña de Laura —«¡Te he hecho una foto!»— la devolvieron a la realidad. Se levantó para ir a unir su risa quinceañera a la de los demás.
Fue hacia ellos corriendo.
Como queriendo huir del futuro.
jueves, 29 de diciembre de 2011
Los asaltantes del Tiempo
martes, 20 de septiembre de 2011
La decisión de mi madre
-Veo que no te pones velo, Elisa.
Era costumbre desde tiempos inmemoriales que las mujeres más allegada al difunto vistieran de negro riguroso en señal de luto. Ese luto incluía también un velo para cubrirse la cabeza. Todas las mujeres de la familia se lo pusieron. Todas menos mi madre, que aunque vestía de negro había decidido, contraviniendo esa sagrada costumbre, no ponerse el velo nunca más.
Clavando los ojos en mi madre, con un odio y un desprecio que yo nunca había visto en su mirada, concluyó:
-Cuánto no andaremos en bocas de todo el mundo por tu culpa.


