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domingo, 29 de marzo de 2026

Carmen Martín Gaite, Carles y yo

 

Túneles de sol. Nancy Holt


Carmen Martín Gaite, Carles y yo


Abrí Caperucita en Manhattan y ojeé algunos párrafos. La leí por primera vez hace algunos años y quería volver a hacerlo. Todavía recuerdo la sensación de orfandad y la melancolía que me quedó cuando la terminé. Me ha pasado con todas las obras de Carmen Martín Gaite. Leer lo que ella ha escrito ha sido como tener a ese interlocutor, esa pasarela entre tú y los demás, que, según ella misma creía, los seres humanos buscamos con obsesión.
Carmen Martín Gaite es para mí un refugio emocional y un lugar seguro.

Un día en la cafetería.

—Tienes que leer a Carmen Martín Gaite —me dijo mi amigo Carles.

Arqueé las cejas y lo miré por encima de la taza de café. La cafetería estaba llena de clientes y por la ventana entraba una luz radiante de media mañana. Carles se sentó frente a mí y pidió un té y un trozo de tarta al camarero.

—Ayer vi una entrevista antigua que le hizo Joaquín Soler Serrano en Televisión Española. —continuó —Me recordó tanto a ti que estaba deseando verte para decírtelo.


Carles y yo trabajábamos en el mismo edificio: yo en un bufete de abogados y él en las oficinas de una compañía telefónica.

—Uy, eso suena peligroso —respondí—. ¿En qué sentido se parece a mí?

—En el bueno, mujer. Escúchame primero. Porque no lo dejé ahí: cuando acabé de ver la entrevista me puse a buscar información suya en Google, en plan detective —dijo, poniendo mirada misteriosa y moviendo las manos de esa manera tan gay que tiene cuando está feliz—. Fue una mujer increíble. Nació en 1925, pero era una adelantada a su tiempo. Vivió entregada por completo a la literatura. No solo escribió novela, también poesía, cuentos, ensayos, traducciones, obras de teatro y crítica literaria, además de dar un montón de conferencias y charlas en Estados Unidos y en otros países del mundo, donde sus libros eran, y son, muy leídos.

Hizo una pequeña pausa para coger aire.

—Ganó el Premio Café Gijón, el Nadal y también el Príncipe de Asturias. Y se dio el lujo y la satisfacción de decir no a un sillón en la RAE: decía que quería ser libre y tener tiempo. ¡Toma ya! ¿A cuántas conoces con ese aplomo?

—Supongo que eso es mirar la vida con distancia. Hay que ser muy valiente; no todo el mundo es capaz.

Se inclinó hacia su móvil, como si estuviera a punto de contar un secreto.

—Mira qué montón de frases suyas te traigo. “Para mí, vivir es no tener prisa, contemplar las cosas, prestar oído a las cuitas ajenas, sentir curiosidad y compasión…”.

Miré por la ventana. En la acera, una mujer mayor caminaba despacio con un perro diminuto. El camarero dejó en la mesa el té y la tarta. Él siguió leyendo:

—“Es saber estar solo para saber estar en compañía. Vivir es explicarse y llorar… y vivir es reírse”. ¿Qué te parece? —me preguntó.

—No está mal como definición de vida —dije.

—No, no está mal —sonrió—. Pero espera. Mira lo que pensaba sobre el feminismo. No era feminista militante, pero defendía profundamente a las mujeres —añadió, alzando el dedo—. Escucha esto, creo que te va a sonar bien:

“No tengo un feminismo militante. Lo tengo a mi manera, con un respeto total por la mujer, que en muchos aspectos es más fuerte que el hombre. Como lo sé, no necesito salir con banderas a proclamarlo”.

Me miró con una media sonrisa, como esperando una confirmación.

—Yo nunca he sabido ir con banderas —dije—, pero tampoco he sabido rendirme.

Carles dio una palmada en la mesa, satisfecho.

—¡Exacto!

Comió un trozo de tarta y dio un sorbo al té.

—Se separó de su marido, Rafael Sánchez Ferlosio, y buscó su propio territorio de soledad. Decía que una persona creativa necesita esa soledad.

—Lo entiendo —respondí—. A veces uno necesita silencio para escuchar lo que piensa de verdad.

Carles dio otro sorbo.

—Decía que escribía no desde la prisa, sino desde la observación.

—Eso de no tener prisa debería enseñarse en la escuela —murmuré.

Miré de nuevo por la ventana. El perro diminuto se había sentado y miraba el mundo con una dignidad admirable.

Carles asintió, pero luego su expresión cambió.

—Le tocó vivir momentos muy duros también —dijo con tono compasivo—. A principios de los cincuenta murió su primer hijo, con siete meses. Y muchos años después murió su hija Marta, con tan solo veintiocho años.

Negué con la cabeza.

—Eso es demasiado dolor para una sola persona.

—Sí —dijo Carles—. Y aun así siguió escribiendo. Transformó muchas de sus experiencias en literatura. Tenía una mirada muy profunda sobre las cosas.

Me quedé pensativa unos segundos.

—Cuando el dolor te atraviesa, o lo trasciendes y miras con perspectiva… o te hundes.

Carles bajó la vista y bebió un sorbo de té.

—Pero aún no me has explicado por qué dices que se parece a mí —le dije.

—¿Sabes qué fue lo primero que pensé cuando fui a verte al hospital?

—No —respondí. Yo también recordaba ese día.

—Cuando entré —continuó— y te vi en la silla de ruedas… sentí un puñetazo en el estómago.

Lo decía sin dramatismos.

—Me costó mucho tiempo ir. Pensé que te encontraría destrozada, hundida. No sabía qué podía decir, ni cómo mirarte.

—Lo recuerdo —le dije.

—Pero tú… —Carles sonrió, con los ojos llenos de incredulidad—, ¡tú estabas riéndote con la enfermera!

Yo también sonreí.

—Y pensé: ¿cómo puede estar riéndose?

Apuré mi taza de café.

—La vida puede ser muy dura… pero aun así merece ser vivida con alegría.

Carles asintió despacio.

—Por eso me recordó a ti Carmen Martín Gaite. Porque dijo, igual que tú me dijiste a mí aquel día, que hay que ser fuerte, feliz y tener alegría.

—Eso sí que me representa —le dije, con una amplia sonrisa—. Tengo que leer a Carmen Martín Gaite.


Fin