Túneles de sol. Nancy Holt
Carmen Martín Gaite, Carles y yo
Un día en la cafetería.
—Tienes que leer a Carmen Martín Gaite —me dijo mi amigo Carles.
Arqueé las cejas y lo miré por encima de la taza de café. La cafetería estaba llena de clientes y por la ventana entraba una luz radiante de media mañana. Carles se sentó frente a mí y pidió un té y un trozo de tarta al camarero.
—Ayer vi una entrevista antigua que le hizo Joaquín Soler Serrano en Televisión Española. —continuó —Me recordó tanto a ti que estaba deseando verte para decírtelo.
Carles y yo trabajábamos en el mismo
edificio: yo en un bufete de abogados y él en las oficinas de una
compañía telefónica.
—Uy, eso suena peligroso —respondí—.
¿En qué sentido se parece a mí?
—En el bueno, mujer.
Escúchame primero. Porque no lo dejé ahí: cuando acabé de ver la
entrevista me puse a buscar información suya en Google, en plan
detective —dijo, poniendo mirada misteriosa y moviendo las manos de
esa manera tan gay que tiene cuando está feliz—. Fue una mujer
increíble. Nació en 1925, pero era una adelantada a su tiempo.
Vivió entregada por completo a la literatura. No solo escribió
novela, también poesía, cuentos, ensayos, traducciones, obras de
teatro y crítica literaria, además de dar un montón de
conferencias y charlas en Estados Unidos y en otros países del
mundo, donde sus libros eran, y son, muy leídos.
Hizo una
pequeña pausa para coger aire.
—Ganó el Premio Café
Gijón, el Nadal y también el Príncipe de Asturias. Y se dio el
lujo y la satisfacción de decir no a un sillón en la RAE: decía
que quería ser libre y tener tiempo. ¡Toma ya! ¿A cuántas conoces
con ese aplomo?
—Supongo que eso es mirar la vida con
distancia. Hay que ser muy valiente; no todo el mundo es capaz.
Se
inclinó hacia su móvil, como si estuviera a punto de contar un
secreto.
—Mira qué montón de frases suyas te traigo. “Para
mí, vivir es no tener prisa, contemplar las cosas, prestar oído a
las cuitas ajenas, sentir curiosidad y compasión…”.
Miré
por la ventana. En la acera, una mujer mayor caminaba despacio con un
perro diminuto. El camarero dejó en la mesa el té y la tarta. Él
siguió leyendo:
—“Es saber estar solo para saber estar en
compañía. Vivir es explicarse y llorar… y vivir es reírse”.
¿Qué te parece? —me preguntó.
—No está mal como
definición de vida —dije.
—No, no está mal —sonrió—.
Pero espera. Mira lo que pensaba sobre el feminismo. No era feminista
militante, pero defendía profundamente a las mujeres —añadió,
alzando el dedo—. Escucha esto, creo que te va a sonar bien:
“No
tengo un feminismo militante. Lo tengo a mi manera, con un respeto
total por la mujer, que en muchos aspectos es más fuerte que el
hombre. Como lo sé, no necesito salir con banderas a
proclamarlo”.
Me miró con una media sonrisa, como esperando
una confirmación.
—Yo nunca he sabido ir con banderas
—dije—, pero tampoco he sabido rendirme.
Carles dio una
palmada en la mesa, satisfecho.
—¡Exacto!
Comió un
trozo de tarta y dio un sorbo al té.
—Se separó de su
marido, Rafael Sánchez Ferlosio, y buscó su propio territorio de
soledad. Decía que una persona creativa necesita esa soledad.
—Lo
entiendo —respondí—. A veces uno necesita silencio para escuchar
lo que piensa de verdad.
Carles dio otro sorbo.
—Decía
que escribía no desde la prisa, sino desde la observación.
—Eso
de no tener prisa debería enseñarse en la escuela —murmuré.
Miré
de nuevo por la ventana. El perro diminuto se había sentado y miraba
el mundo con una dignidad admirable.
Carles asintió, pero
luego su expresión cambió.
—Le tocó vivir momentos muy
duros también —dijo con tono compasivo—. A principios de los
cincuenta murió su primer hijo, con siete meses. Y muchos años
después murió su hija Marta, con tan solo veintiocho años.
Negué
con la cabeza.
—Eso es demasiado dolor para una sola
persona.
—Sí —dijo Carles—. Y aun así siguió
escribiendo. Transformó muchas de sus experiencias en literatura.
Tenía una mirada muy profunda sobre las cosas.
Me quedé
pensativa unos segundos.
—Cuando el dolor te atraviesa, o lo
trasciendes y miras con perspectiva… o te hundes.
Carles
bajó la vista y bebió un sorbo de té.
—Pero aún no me
has explicado por qué dices que se parece a mí —le dije.
—¿Sabes
qué fue lo primero que pensé cuando fui a verte al hospital?
—No
—respondí. Yo también recordaba ese día.
—Cuando entré
—continuó— y te vi en la silla de ruedas… sentí un puñetazo
en el estómago.
Lo decía sin dramatismos.
—Me costó
mucho tiempo ir. Pensé que te encontraría destrozada, hundida. No
sabía qué podía decir, ni cómo mirarte.
—Lo recuerdo —le
dije.
—Pero tú… —Carles sonrió, con los ojos llenos de
incredulidad—, ¡tú estabas riéndote con la enfermera!
Yo
también sonreí.
—Y pensé: ¿cómo puede estar
riéndose?
Apuré mi taza de café.
—La vida puede
ser muy dura… pero aun así merece ser vivida con alegría.
Carles
asintió despacio.
—Por eso me recordó a ti Carmen Martín
Gaite. Porque dijo, igual que tú me dijiste a mí aquel día, que
hay que ser fuerte, feliz y tener alegría.
—Eso sí que me
representa —le dije, con una amplia sonrisa—. Tengo que leer a
Carmen Martín Gaite.
Fin
