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domingo, 29 de marzo de 2026

Carmen Martín Gaite, Carles y yo

 

Túneles de sol. Nancy Holt


Carmen Martín Gaite, Carles y yo


Abrí Caperucita en Manhattan y ojeé algunos párrafos. La leí por primera vez hace algunos años y quería volver a hacerlo. Todavía recuerdo la sensación de orfandad y la melancolía que me quedó cuando la terminé. Me ha pasado con todas las obras de Carmen Martín Gaite. Leer lo que ella ha escrito ha sido como tener a ese interlocutor, esa pasarela entre tú y los demás, que, según ella misma creía, los seres humanos buscamos con obsesión.
Carmen Martín Gaite es para mí un refugio emocional y un lugar seguro.

Un día en la cafetería.

—Tienes que leer a Carmen Martín Gaite —me dijo mi amigo Carles.

Arqueé las cejas y lo miré por encima de la taza de café. La cafetería estaba llena de clientes y por la ventana entraba una luz radiante de media mañana. Carles se sentó frente a mí y pidió un té y un trozo de tarta al camarero.

—Ayer vi una entrevista antigua que le hizo Joaquín Soler Serrano en Televisión Española. —continuó —Me recordó tanto a ti que estaba deseando verte para decírtelo.


Carles y yo trabajábamos en el mismo edificio: yo en un bufete de abogados y él en las oficinas de una compañía telefónica.

—Uy, eso suena peligroso —respondí—. ¿En qué sentido se parece a mí?

—En el bueno, mujer. Escúchame primero. Porque no lo dejé ahí: cuando acabé de ver la entrevista me puse a buscar información suya en Google, en plan detective —dijo, poniendo mirada misteriosa y moviendo las manos de esa manera tan gay que tiene cuando está feliz—. Fue una mujer increíble. Nació en 1925, pero era una adelantada a su tiempo. Vivió entregada por completo a la literatura. No solo escribió novela, también poesía, cuentos, ensayos, traducciones, obras de teatro y crítica literaria, además de dar un montón de conferencias y charlas en Estados Unidos y en otros países del mundo, donde sus libros eran, y son, muy leídos.

Hizo una pequeña pausa para coger aire.

—Ganó el Premio Café Gijón, el Nadal y también el Príncipe de Asturias. Y se dio el lujo y la satisfacción de decir no a un sillón en la RAE: decía que quería ser libre y tener tiempo. ¡Toma ya! ¿A cuántas conoces con ese aplomo?

—Supongo que eso es mirar la vida con distancia. Hay que ser muy valiente; no todo el mundo es capaz.

Se inclinó hacia su móvil, como si estuviera a punto de contar un secreto.

—Mira qué montón de frases suyas te traigo. “Para mí, vivir es no tener prisa, contemplar las cosas, prestar oído a las cuitas ajenas, sentir curiosidad y compasión…”.

Miré por la ventana. En la acera, una mujer mayor caminaba despacio con un perro diminuto. El camarero dejó en la mesa el té y la tarta. Él siguió leyendo:

—“Es saber estar solo para saber estar en compañía. Vivir es explicarse y llorar… y vivir es reírse”. ¿Qué te parece? —me preguntó.

—No está mal como definición de vida —dije.

—No, no está mal —sonrió—. Pero espera. Mira lo que pensaba sobre el feminismo. No era feminista militante, pero defendía profundamente a las mujeres —añadió, alzando el dedo—. Escucha esto, creo que te va a sonar bien:

“No tengo un feminismo militante. Lo tengo a mi manera, con un respeto total por la mujer, que en muchos aspectos es más fuerte que el hombre. Como lo sé, no necesito salir con banderas a proclamarlo”.

Me miró con una media sonrisa, como esperando una confirmación.

—Yo nunca he sabido ir con banderas —dije—, pero tampoco he sabido rendirme.

Carles dio una palmada en la mesa, satisfecho.

—¡Exacto!

Comió un trozo de tarta y dio un sorbo al té.

—Se separó de su marido, Rafael Sánchez Ferlosio, y buscó su propio territorio de soledad. Decía que una persona creativa necesita esa soledad.

—Lo entiendo —respondí—. A veces uno necesita silencio para escuchar lo que piensa de verdad.

Carles dio otro sorbo.

—Decía que escribía no desde la prisa, sino desde la observación.

—Eso de no tener prisa debería enseñarse en la escuela —murmuré.

Miré de nuevo por la ventana. El perro diminuto se había sentado y miraba el mundo con una dignidad admirable.

Carles asintió, pero luego su expresión cambió.

—Le tocó vivir momentos muy duros también —dijo con tono compasivo—. A principios de los cincuenta murió su primer hijo, con siete meses. Y muchos años después murió su hija Marta, con tan solo veintiocho años.

Negué con la cabeza.

—Eso es demasiado dolor para una sola persona.

—Sí —dijo Carles—. Y aun así siguió escribiendo. Transformó muchas de sus experiencias en literatura. Tenía una mirada muy profunda sobre las cosas.

Me quedé pensativa unos segundos.

—Cuando el dolor te atraviesa, o lo trasciendes y miras con perspectiva… o te hundes.

Carles bajó la vista y bebió un sorbo de té.

—Pero aún no me has explicado por qué dices que se parece a mí —le dije.

—¿Sabes qué fue lo primero que pensé cuando fui a verte al hospital?

—No —respondí. Yo también recordaba ese día.

—Cuando entré —continuó— y te vi en la silla de ruedas… sentí un puñetazo en el estómago.

Lo decía sin dramatismos.

—Me costó mucho tiempo ir. Pensé que te encontraría destrozada, hundida. No sabía qué podía decir, ni cómo mirarte.

—Lo recuerdo —le dije.

—Pero tú… —Carles sonrió, con los ojos llenos de incredulidad—, ¡tú estabas riéndote con la enfermera!

Yo también sonreí.

—Y pensé: ¿cómo puede estar riéndose?

Apuré mi taza de café.

—La vida puede ser muy dura… pero aun así merece ser vivida con alegría.

Carles asintió despacio.

—Por eso me recordó a ti Carmen Martín Gaite. Porque dijo, igual que tú me dijiste a mí aquel día, que hay que ser fuerte, feliz y tener alegría.

—Eso sí que me representa —le dije, con una amplia sonrisa—. Tengo que leer a Carmen Martín Gaite.


Fin



viernes, 9 de enero de 2026

Cuento de Navidad

 

La canción de Los Ángeles. William-Adolphe Bouguerau

LOS INOCENTES

Tierra de Judá, año cero. El rey Herodes está furioso, se siente traicionado por los Tres Magos recién llegados de Oriente, quienes debían indicarle el lugar donde nacería el Mesías prometido, el nuevo Rey que le arrebatará el poder. Ciego de ira, ordena ejecutar a todos los niños menores de dos años nacidos en Belén. 


* * *


Bruselas, dos de la madrugada del 25 de diciembre de 2025. Úrsula von der Leyen ha reunido de urgencia, vía telemática, a los jefes de Estado y presidentes de Gobierno de los veintisiete países de la Unión Europea. A algunos los ha encontrado aún levantados celebrando la Nochebuena con sus familias; en casa, unos, otros, fuera incluso de su ciudad.

La Europol está al corriente desde que saltó la alarma a las doce en punto les dice la presidenta de la Comisión Europea. La información nos la envían al minuto, pero, de momento, como les digo, no es mucho lo que se sabe. Veremos qué consecuencias tendrá esto; el asunto es grave.


* * *


Sevilla, siete de la mañana del 25 de diciembre de 2025. El padre Óscar apaga la tableta y la deja junto a la taza vacía del desayuno y un platillo con dos papeles de magdalenas escrupulosamente doblados. Coge su móvil y envía un WhatsApp a su amigo Uriel. Juntos fueron monaguillos hace más de cinco décadas, después, Uriel decidió subirse a un barco, y desde entonces sus  derroteros, como los caminos de Dios, se hicieron inescrutables.

Padre Óscar Lobato

¿Cuál de los siete mares surcas, pirata? Espero no haberte despertado. Supongo que ya te has enterado de la noticia del día. ¿Sabes algo?

Uriel Gamboa

No me has despertado, tranquilo. Razzi y yo estamos en Níjar atracados en Puerto Seco. También están Grace y Gabi, pasaremos aquí las fiestas. He leído la noticia, sí. Sé lo que tú. O eso creo. Esto sí es un milagro de Navidad y no los de Dickens. Estas cosas me hacen tener fe y ganas de volver al redil. 

Padre Óscar Lobato

¿Volver? De camino averigua quién es un tal Aladino, que cual Edmundo Dantés anda sufragando  gastos a los necesitados con donaciones a Cáritas de Andalucía. Fuerza y viento, Barbarroja. 

Uriel Gamboa 

¿Aladino no es el de Las mil y una nochesNo sé, tú sabrás, que lees mucho. Eso de Barbarroja no me lo dices en la calle. Felicem Nativitatem, pater.


* * *


Moscú, nueve de la mañana del 25 de diciembre de 2025. Nikolái Fiódorovich cierra el periódico y lo deja sobre la mesa. Apura la taza de té y posa la vista en la noticia que ocupa la primera plana del diario y la de los diarios de todo el mundo. Siente una alegría extraña, íntima y sincera, por esos soldados. Quizá porque él lo fue o quizá porque hoy ha nacido Nikolái Fiódorovich IV, su bisnieto.

Grigori, el viejo camarero, curvado por los años, se acerca y deja un libro en la mesa. Es la novela La memoria del hielo. Su amigo golpea la tapa con el índice.

Aquí está nuestro Norilsk, tan real que me ha hecho llorar. Aún lo recuerdas, ¿verdad? 

Perfectamente. La noche siberiana, el trabajo en el Norilsk Nickel, en condiciones durísimas. Su padre, atormentado por su pasado en el gulag, los bloques de pisos colmena, frío, hambre. Aquello le hizo odiar la pobreza, y aún más el comunismo.

Tras pagar la consumición, se levanta llevando el libro en la mano, tiene una reunión con el presidente Putin, Elvira Nabiúllina y algunos hombres de negocios. Hablarán sobre la noticia del día y después irá a conocer a su bisnieto Cuando sale de la cafetería, flanqueado por sus dos guardaespaldas, su chófer, perfectamente uniformado, lo espera con la puerta de la limusina abierta de par en par


* * *


Sevilla, nueve de la noche del 25 de diciembre de 2025. El padre Óscar ha lavado los platos de la cena y se sienta ante el televisor para ver las noticias.

Como venimos informando, a las doce en punto de anoche, la sede de la entidad financiera Euroclear en Bruselas fue objeto de un ciberataque. Los 180.000 millones de euros del Banco Central ruso ahí depositados e inmovilizados por la Unión Europea fueron transferidos y distribuidos en iguales cantidades a un millón de cuentas bancarias privadas, propiedad de los soldados rusos y ucranianos heridos en la guerra ruso-ucraniana, y a las de los familiares de los soldados fallecidos. Sobre este caso hay una última hora: la Interpol informa de la detención de una lancha Nimbus 305 Coupe calcinada y abandonada en aguas internacionales, equipada con una terminal VSAT.  Los expertos creen que una estructura cibercriminal bien organizada, con los conocimientos y las herramientas necesarios para atacar dicha entidad bancaria, pudo ejecutar la operación desde ahí. Parece poco probable que llegue a conocerse la identidad de los hackers.

Una sonrisa ancha y luminosa cruza la cara del padre Óscar. Está pensando en Uriel Gamboa. Le sorprende oír su propia voz, “¡qué cabrón!”. También piensa en Razzi, Grace y Gabi. Genio y figura. Desde la ventana mira al cielo a través del telescopio heredado de su antecesor, el padre Priamo Ferro. La misma estrella de Navidad que vio nacer a Cristo brilla junto a los demás astros, imperturbables en la armonía de las esferas girando en el universo. Piensa en los inocentes de la salvaje matanza de Herodes y en los soldados inocentes de Ucrania y Rusia. Lo distrae la sirena de una ambulancia seguida de un coche patrulla de la policía que atraviesa la calle a toda prisa.

Los ángeles de la guarda existen, son humanos y están ene nosotros, se dice mientras vuelve la vista al cielo. 


FIN


domingo, 31 de marzo de 2019

VOLVEMOS A EMPEZAR


Madre e hijo. Louis Toffoli 


Volvemos a empezar


El 23F yo tenía veintidós años y un hijo de tres meses. A última hora de aquella tarde estaba en el comedor de mi casa planchando una tanda de ropa, cerca del moisés donde dormía mi hijo. Tenía la radio puesta y los informativos dijeron que unos guardias civiles habían entrado en el Congreso de los Diputados y que los tenían allí secuestrados. Sentí más curiosidad que preocupación por esa noticia. No sabía qué podía significar todo eso ni su alcance, sólo sabía que estábamos en democracia, y que la democracia nos salvaba de todo.  

Estaba terminando la plancha cuando sonó el teléfono. Era mi madre. No sabía nada de lo del Congreso y cuando se lo dije gritó asustada “¡Huy, eso es un golpe de Estado! ¡Así empezó la guerra, madre mía, así! ¿Es que no tuvimos bastante? ¿Es que otra vez volvemos a empezar?” A mí, en mi infinita y arrogante ignorancia, me pareció estar oyendo a alguien de la prehistoria. “¡Anda, mama!” le dije, desdeñosa y engreída, “¿Pero tú te crees que ahora en España estamos como cuando la guerra? Ahora ya no hay analfabetos, y las cosas se arreglan hablando, no a tiros”. 

Mi madre había nacido en 1917, vivió su infancia bajo la dictadura de Primo de Rivera, vio marcharse a Alfonso XIII y vio llegar la Segunda República, sufrió la guerra y la dictadura franquista y recibió la Transición con las reservas de quien ha visto saltar por los aires o hundirse en el fango demasiados ideales y causas, y ha visto acometer traiciones y bajezas, en nombre del pueblo y de la patria, a hombres cargados de ambición, crueldad y rencor. 

Cuando colgué, le cambié el pañal a mi hijo y mientras le daba el pecho llamó mi marido, que estaba en Valencia por asuntos familiares. “Valencia da miedo”, me dijo. “Las calles temblaban cuando pasaban los tanques del Ejército. No se ve un alma en ellas; la gente está en sus casas y los negocios, cerrados. Baja las persianas y, por favor, no salgas de casa por nada del mundo”. 

Acosté al niño en su moisés y me asomé a la ventana. La avenida estaba oscura y desierta. El bar de enfrente había bajado la persiana; también la farmacia. Apenas circulaban coches. 

Mirando aquel paisaje sentí un escalofrío que nunca antes había sentido. Bajé la persiana y me senté frente a la tele para ver el telediario de Joaquín Arozamena, en la UHF. Informaba del asalto al Congreso. Mi instinto, y una luz que empezaba a encenderse en mi cabeza, me hicieron sentirme idiota y ridícula. Esa luz me decía que había infravalorado y menospreciado la memoria de mi padre, que en lo poco que hablaba de la guerra, le oí decir que los republicanos lo tuvieron en las trincheras los tres años que duró; que a su hermano Adolfo, los nacionales lo tuvieron dos años, y que al pequeño, José, se lo llevaron con diecisiete con la quinta del biberón. 

Menosprecié la memoria de mi madre, que de niña oyó hablar a sus abuelos de La Gloriosa; la de mi abuelo, que hablaba con orgullo de su tío Alfonso, un soldado húsar que murió en la última guerra carlista; la de mi abuela, que recordaba con cuánta tristeza vivió de niña la pérdida de Cuba. 

Con una pena que me inundaba entera y un miedo nuevo y desconocido, acerqué el moisés y lo puse a mi lado, pegado a mí. Miré a mi hijo, que dormía tranquilo, ajeno a todo, y pasé el brazo por encima del cesto. Quería protegerlo, aunque aún no sabía muy bien de qué.

Fin

domingo, 18 de junio de 2017

PALABRAS AL VIENTO



Mujer asomada a la ventana. Caspar David Friedrich 



 PALABRAS AL VIENTO

Rosario y Pilar aún no han sacado las sillas bajas a la puerta de casa para tomar el fresco como cada tarde. Y eso que hace ya un rato que el sol dejó de sacarle brillo a los cantos rodados de la calle, pero es que hoy esperan una visita a la que no van a recibir, y hasta que no se vaya no saldrán.

Rosario está soltera, soltera vieja, como llaman en el pueblo a las solteras de su edad. Pilar está viuda y tiene dos hijos y cinco nietos. Las dos viven en esa casa desde que nacieron, Pilar seis años antes que Rosario. Las dos visten igual, a la antigua usanza: sayas oscuras hasta la pantorrilla y blusa oscura metida por dentro; las medias, en verano, de color carne y en invierno, negras. El peinado no varía, rodete en la nuca. Rosario y Pilar nunca han podido vivir la una sin la otra. Ahora menos.

—Le dices que no estoy. Que me he ido a casa de Gregoria. Sí, eso, que he ido a ver a Gregoria. Que está en la cama, dile —dice Rosario, balanceando su mecedora como si tuviera que ganar algún campeonato a la más rápida.

Gregoria estaba esta mañana vendiendo sus patatas y sus cebollas en el mercado hecha una rosa, piensa Pilar, sentada cerca de su hermana, mientras sigue cosiéndole unas puntillas a la funda de un cojín, sin inmutarse.

—O mira, no. No le digas eso. Mejor dile que soy yo la que estoy mala. Que tengo fiebres y no puedo levantarme. No vaya a ser que si le dices que estoy de visita quiera volver luego.

Aunque ya tienen timbre, en la puerta suenan tres golpes dados con el llamador de mano. Rosario frena la mecedora y se pone de pie. Pilar ensarta la aguja en la tela y deja la costura en el cesto que tiene a los pies. Se levanta con la misma tranquilidad de siempre y guarda sus gafas en la funda. Las dos hermanas están de pie frente a frente.

—Dile que tengo colitis. Que me cago patas abajo —a Rosario se le queda en la cara esa expresión jocosa que tan bien conoce Pilar.

No sería raro. No has parado de comer desde que ayer nos dijo Don Ismael que Ramón está aquí y que hoy vendría a verte, piensa Pilar, moviendo la cabeza resignada, mientras se va hacia la puerta.

¿Cómo puede haberle dado Dios a mi hermana este aplomo, Jesús bendito? piensa Rosario, mientras se lanza hacia la ventana que hay junto a la puerta y separa apenas los visillos, lo justo para ver sin ser vista.
Ahí están los dos, tal como dijo don Ismael: Ramón y su mujer. Ramón está muy calvo, tiene una nariz garbancera que no parece la suya; ha engordado mucho, tiene papada y bolsas en los ojos. Eso sí, la mirada sigue siendo azul como el cielo.
Rosario tiene toda su atención puesta en lo que ve y apenas escucha lo que hablan. Solo le llegan algunas palabras sueltas, dichas por su hermana y por Ramón: «Aquí no se te ha perdido nada». «Reconciliación, Pilar».
Lo que sí oye con claridad en ese momento son otras palabras, más viejas: «No puedo quedarme, amor mío. Si no me voy antes de que esto acabe, me matarán. Me voy a Francia. Espérame, no puedo vivir sin ti, vida mía. Volveré y te llevaré conmigo».
Bah, palabras al viento. Si me hubiera querido de verdad, no habría tardado cuarenta años en volver. Y casado con una francesa.
Un coche empapelado con la cara de Adolfo Suárez atraviesa la calle, con el altavoz del techo cantando a todo volumen: «Vota libertad».
Ramón viste como los ricos: americana azul marino y camisa blanca. La raya del pantalón está impecable.
Ella es francesa. Pero francesa, francesa, Jesús bendito. Qué pelo más rubio, y qué bien peinado. Y ese pantalón, tan azul y tan brillante. El blusón, cuajado de flores y de colores. Los tacones, de medio metro por lo menos. Jesús bendito.
La francesa gira la cara hacia la ventana y Rosario suelta los visillos de golpe.
Será zorra. Esa me ha olido.

Pilar cierra la puerta y entra.

—Asunto concluido—le dice a Rosario, que la espera de pie en la salita, retocándose las agujas del moño, nerviosa, como cuando algo la pilla con el paso cambiado—. ¿Podemos ya salir a la puerta de la calle a tomar el fresco?

—Ramón está viejo, viejo. No me digas que no. Y ella, un loro.

—Claro, y tú y yo somos Sarita Montiel. Trae las sillas, anda.



FIN

viernes, 6 de enero de 2017

AQUELLA NAVIDAD



La Adoración de los Reyes Magos. Peter Paul Rubens


Aquella Navidad 

Araceli entró en la cocina restregándose los ojos, todavía prendida del sueño.. Su madre desgranaba unos guisantes, y en la radio, lejana y monótona, unas voces infantiles deshilaban una letanía de números y pesetas.

—Hola, vida mía —le dijo su madre—. Has dormido hasta las tantas.

—¿Qué cantan en la radio? —preguntó.

—Es el sorteo de la lotería de Navidad. Tu padre y Daniel compraron participaciones en sus trabajos. Si nos tocara, aunque fuera un poquito… —dejó los guisantes y fue a prepararle el desayuno.

Hacía días que la tristeza se le había instalado dentro, como un frío que no terminaba de irse. Sobre todo cuando alguien nombraba la Navidad. Entonces hablaba más de la cuenta, como si al decirlo en voz alta pudiera aliviarse: que era el primer año lejos de los suyos, que echaba de menos a sus padres, a sus hermanos, a las tías; que no tenía ánimo para celebrar nada y que, si ponía adornos, era solo por la niña. Y al decirlo, los ojos se le llenaban de un brillo húmedo que Araceli fingía no ver.

A ella, en cambio, la Navidad le gustaba.

Le gustaba porque traía vacaciones y silencio: durante unos días no habría colegio, ni la monja de gesto agrio, ni su madre arrodillada fregando los suelos ajenos. Le gustaba porque el tiempo parecía ensancharse y cabían en él los juegos en la escalera, los cuentos gastados que Rosa traía de la casa donde servía, los paseos sin prisa acompañando a su madre. Le gustaba, también, porque todo cambiaba: el aire, las calles, las caras. Como si el mundo entero se hubiera puesto de acuerdo para ser, al mismo tiempo, más alegre y más triste. 

En la calle, las explanadas se llenaron de pavos que no paraban de graznar, mientras su dueño les atizaba con una vara y voceaba los precios. El mercado rebosaba de mercancías y de ajetreo, y en los alrededores aparecían puestos de zambombas y panderetas. Desde la ventana de su cuarto, Araceli veía cómo el podio del guardia urbano, en el cruce de la carretera, se transformaba en un pequeño altar de turrones y botellas de champán.

También en casa llegaba la Navidad envuelta en paquetes. 

A su padre y a sus hermanos les daban, en el trabajo, cajas llenas de comida: polvorones, turrones, vino, champán. La de Antoñito, aprendiz en una ferretería, traía incluso una caja de alcayatas, como si también la dureza pudiera regalarse.

La llegada a casa con el paquete se convertía en un acontecimiento. Por la noche le pedían a Araceli que lo abriera y, mientras ella y Rosa iban sacando lo que traía, entre exclamaciones y la alegría de los cuatro hermanos, su madre se secaba las lágrimas con el borde del mandil. Su padre observaba en silencio, con el cigarrillo consumiéndose entre los dedos, como si todo aquello ocurriera en un lugar al que él no terminaba de pertenecer.

A Rosa le dieron dos tabletas de turrón y cien pesetas. Su madre guardó el dinero con cuidado: serviría para el ajuar, para ese futuro que se iba construyendo poco a poco, casi sin que nadie lo notara.

A Araceli le gustaba todo: las luces de colores temblando en las calles del centro, los escaparates brillantes, las bolas que devolvían destellos diminutos. Todo, menos la tristeza de su madre, que parecía no apagarse nunca del todo.

La mañana de Nochebuena, al volver del mercado, encontraron un revuelo en la portería. La Lucre, la vecina del tercero, se había puesto de parto y no había llegado a la clínica: el niño había nacido allí mismo, entre prisas y voces. A mediodía subieron a verlo. Lo habían llamado Jesús. La abuela dijo que el nombre se lo había ganado por sus fueros.

Por la noche, su madre preparó una cena especial de Nochebuena. Mientras trajinaba en la cocina, llegaron Juan, Paco y Vicente, tres muchachos del pueblo que vivían en una pensión y venían a recoger la ropa que su madre les lavaba. Los invitó a cenar, pero la dueña de la pensión ya tenía la mesa puesta. Vendrían después, dijeron, a los turrones.

Antes de irse, le dieron a Araceli dos pesetas cada uno.

—Los Reyes Magos se han adelantado —le dijo su madre, sonriendo a duras penas.

Aquellas monedas eran como un tesoro. Araceli quiso dárselas, ayudar con las propinas del día —al barrendero, al sereno, al basurero, que habían pasado con sus tarjetas—, pero su madre se las devolvió con un beso.

—Guárdatelas.

Después de cenar, la casa empezó a llenarse. Llegaron los tres jóvenes, tal como habían prometido; bajó también el padre del niño recién nacido con sus hijos —Juani, amiguita de Araceli, y Apolonio—, y se sumaron dos hermanas extremeñas, siempre juntas, siempre discretas. La mesa se cubrió de dulces: turrones, polvorones, rosquillas de anís, barquillos. Daniel descorchó el champán.

 Todos cantaron villancicos y tocaron panderetas y zambombas. Su madre, por fin, estaba alegre y reía. Su padre, sentado a un lado de la mesa, dejó escapar una carcajada cuando Daniel se cayó de espaldas y vertió su copa de champán sobre una de las hermanas extremeñas.

Y entonces, por fin, la tristeza se apartó un poco. y Araceli era la más feliz de todos.

Muchos años después, en otra Nochebuena, su yerno preguntó qué sentido tenía la Navidad en el siglo XXI. Araceli no supo responder. Pero, como tantas veces, volvió a aquella noche: a la cocina, a las luces, al bullicio, a la risa inesperada de su padre.

Y pensó que quizá la Navidad fuera eso: un lugar al que regresar, un refugio secreto donde la memoria guarda, intacta, la inocencia.

FIN


miércoles, 2 de noviembre de 2016

UNA OUIJA LA NOCHE DE DIFUNTOS

Una ouija la noche de difuntos


El aquelarre. Francisco de Goya



Los hechos que a continuación se relatan ocurrieron entre 1975 y 1976.

Juan y Santiago se conocieron en la Academia Militar de Villaverde Alto, en Madrid. Habían llegado desde sus respectivos campamentos para acabar de cumplir el servicio militar. Juan era sevillano, pero vivía en Barcelona desde niño. Era un chico alto y fuerte, de carácter alegre y extrovertido. Inquieto por naturaleza, sentía curiosidad por todo lo que le rodeaba. Tenía, además, un fuerte impulso protector, que lo llevó a adoptar a Santiago en cuanto lo vio por primera vez en el patio de la Academia, cargando con su macuto —casi más grande que él— y con aquella expresión de desamparo en sus ojos.

Santiago era tímido, de pocas palabras. Apenas sonreía, y cuando lo hacía, era bajo una mirada triste y melancólica. Había nacido en Galicia, aunque vivía en Burgos desde pequeño. Allí trabajaba de dependiente en una ferretería. Los dos se hicieron inseparables. Los destinaron al mismo dormitorio y también compartían sitio en la mesa. Los fines de semana en los que tenían rebaje y no podían viajar a sus casas los pasaban recorriendo las calles, discotecas y bares de Madrid. Santiago siempre iba a la zaga de Juan, por el que ya sentía una abierta admiración y en quien había encontrado al mejor de los amigos.

—Contigo entro hasta en la misma boca del diablo —le había dicho una vez, cuando Juan, siempre audaz y dispuesto a vivir experiencias, le propuso entrar en un garito de juego de mala muerte que inspiraba muy poca confianza.

La noche de Difuntos, Franco agonizaba y los soldados estuvieron acuartelados. Cuando se retiraban a su pabellón a dormir, todos iban charlando, resignados. Un grupo bromeaba con fábulas sobre muertos y apariciones, y alguien habló de la ouija: una tabla —dijo— en la que estaba escrito el alfabeto y la numeración del cero al nueve, y a través de la cual uno podía comunicarse con los espíritus de los muertos. Solo era necesario un vaso y dos o más personas para invocarlos.

Juan no había oído hablar de aquello hasta entonces y, aunque el ocultismo no le había interesado nunca especialmente, ahora sentía una atracción inaudita por aquel misterioso instrumento esotérico. Ante su curiosidad y su insistencia en probarlo, otro le dijo que aquel juego podía ser peligroso y que con él no contara. Además, ¿de dónde iban a sacar una tabla de ouija allí, a esas horas y acuartelados como estaban?

Un soldado dijo que bastaría con escribir letras y números en un folio y recortarlos uno a uno para tener algo parecido a la tabla. En menos de lo que tardó en oírlo, Juan ya tenía los recortes de papel ordenados en círculo sobre el suelo. Puso un vaso boca abajo en el centro y se arrodilló junto al improvisado mecanismo. Se sentía fascinado por aquel desafío misterioso y estaba deseando probarlo.

Los demás soldados, que, agrupados en torno a él, habían estado mirándolo embelesados mientras lo preparaba todo, dieron un paso atrás, muertos de miedo, cuando les pidió que se le unieran en la invocación a las ánimas. Corrían muchas supersticiones sobre las ouijas y ninguno estaba dispuesto a comprobar cuánto tenían de verdad.

—¿Tú, Santiago? —lo animó Juan, señalando el suelo con la barbilla.

Santiago, que se había mantenido en segunda fila, dudó unos segundos. Lo miró a los ojos y vio su mirada clara y limpia de siempre. Se acercó y se arrodilló frente a él. Con el índice puesto sobre el vaso cada uno y rodeados de un silencio sepulcral, Juan dijo unas palabras de invocación a los espíritus.

Al momento, el vaso comenzó a moverse.

Todos contenían la respiración viendo cómo el vaso se desplazaba por las letras: «s», «o», «y», «n», «i», «c», «o», «m», «e»… Cuando iba hacia la letra «d», Santiago, como si una descarga eléctrica le sacudiera, retiró el dedo del vaso y se levantó con la cara desencajada.

—No quiero seguir —dijo, y se fue.

Al día siguiente, solos en una mesa de la cantina, Juan le preguntó por qué tuvo aquella reacción tan extraña.

—Cuando mi madre era joven —le contó Santiago—, el dueño de una fábrica del pueblo, un viudo con un hijo adolescente, la pretendió. Mi madre le dio calabazas porque ella y mi padre, que trabajaba en esa fábrica, ya estaban enamorados. Poco después se casaron y nací yo. Un día, mi padre maniobraba un camión marcha atrás a la salida del almacén. Quien le indicaba los movimientos lo hizo tan mal que mi padre atropelló al hijo del dueño, que murió allí mismo. Aquel hombre denunció a mi padre por homicidio voluntario; incluso fue a una meiga para que nos echara mal de ojo. Mi padre acabó en el penal de Burgos. Mi madre tuvo que malvender la casa para irnos a vivir allí. Yo tenía cinco años. Mi padre enfermó de tuberculosis y murió en la cárcel. Aquel chico al que mi padre atropelló se llamaba Nicomedes.

Una semana después de que los licenciaran, Juan ya se había incorporado a su trabajo de peón soldador. Un mediodía, cuando salía del taller, pensó en Santiago y lo llamó desde la cabina de teléfono que había en la calle. Le contestó una voz de mujer. Cuando preguntó por él, hubo un silencio.

—Soy su madre —contestó al fin la mujer—. A Santiago lo enterramos ayer. Lo atropelló un camión y murió en el acto.

A Juan se le paró la sangre. Salió de la cabina aterrado. Echó a andar sin voluntad, sin rumbo, sin fuerza en los músculos. En sus retinas tenía fijado el rostro triste de Santiago. Las palabras que acababa de oír al teléfono resonaban como un eco en su cabeza.

Por eso no vio el semáforo en rojo mientras cruzaba la calle, ni oyó retronar el claxon del camión que, a la velocidad del diablo, lo arrolló por la izquierda.


Fin






sábado, 9 de noviembre de 2013

El paisaje incierto de la vida

El paisaje incierto de la vida


"La debacle" Theodore Robinson



Los otros chicos y chicas del grupo se pararon en el kiosco a comprar helados y chucherías. Ella caminó hasta la fuente que estaba en el centro de la plaza y se sentó en la barandilla de hierro que la rodeaba. 

La mañana era radiante. Una de esas de domingo a finales de abril que parecen hechas a propósito para que los adolescentes como ellos salgan a la calle a celebrar la vida. Habían quedado todos en un punto del centro de la ciudad, como siempre, y hacía rato que paseaban, parloteaban y reían por cualquier tontería, sin parar. Como siempre.

Sentada allí, a solas, reparó en lo bonita que era la plaza y en el encanto que le daba aquella fuente. El colorido de las flores que la circundaban alegraba la vista, y el chorro de agua que caía sobre el pequeño estanque era un rumor relajante, sereno, que invitaba a quedarse. En la plaza se veían niños que jugaban y correteaban sin parar, llenándola de vida, y hombres y mujeres de todas las edades sentados tranquilamente en los bancos, charlando entre ellos, tomando el sol o leyendo un periódico.

La estampa componía un conjunto de armonía alegre, apacible y perfecta.

Contemplándolo, se preguntó qué sería de todo aquello dentro de unos años. Apenas lo pensó y, en ese instante, una sombra oscureció su frente.

«¿Y de mí? ¿Qué será de mí dentro de unos años? ¿Cómo será mi vida? ¿Cómo seré yo?»

Sintió un ligero estremecimiento, una sensación muy parecida al vértigo. Aquella incertidumbre, nueva y desconocida, le provocó intranquilidad y desasosiego.

Sin embargo, la turbación le duró apenas unos segundos.

El alboroto del grupo, que ya regresaba, y la voz alegre y risueña de Laura —«¡Te he hecho una foto!»— la devolvieron a la realidad. Se levantó para ir a unir su risa quinceañera a la de los demás.

Fue hacia ellos corriendo.

Como queriendo huir del futuro.


Fin